Por María Ángeles Querol
La metodología científica aplicada a la Arqueología experimentó un enorme salto hacia delante cuando, a mediados del siglo XX, se perfeccionó el llamado «Método de datación del C14» que permitía conocer la edad —siempre aproximada, nunca exacta— de materiales orgánicos no más antiguos de 30 000 años, excepcionalmente hasta los 40 000.
Como era de prever, la investigación sobre los sistemas de datación «absolutos» —que dan fechas concretas— y «directos» —que se realizan sobre los propios objetos que hay que datar, sea un trozo de madera, sea un hueso— no paró ahí. Los principios radiométricos en los que se basa el propio C14 comenzaron a aplicarse a otros elementos, apareciendo así las dataciones basadas en el potasio y el argón, el aluminio o el rubidio. Estos últimos han servido para datar procesos geológicos de gran antigüedad, de forma que el uso de estos «relojes atómicos» ha permitido saber que nuestro planeta se formó hace unos 4500 millones de años.
Pero, ¿cuáles son esos principios? Muchos elementos de la naturaleza son inestables, es decir, más o menos a la misma velocidad que se forman, se desintegran de nuevo. En los seres vivos se produce un equilibrio constante con el medio, pues «recuperan» los átomos que pierden manteniendo una proporción aproximada durante toda la vida. Pero la situación cambia cuando el ser vivo muere. Entonces cesa el ciclo vital y, aunque continúa perdiendo átomos, ya no los recupera.
La base del C14 y de los otros métodos radiactivos es conocer a qué velocidad se produce esa desintegración. Si ese conocimiento se tiene, el resto antiguo que nos interesa podrá ser analizado en un laboratorio especializado en el que calcularán la cantidad del cuerpo inestable que aún le queda y sabrán el tiempo pasado desde que murió: a menor cantidad, mayor tiempo. A veces, la velocidad es tan lenta que las fechas que se obtienen son muy lejanas, como la ya enunciada de la formación de la tierra. El C14 tiene la ventaja de que su vida media es de poco más de 5000 años, es decir, es rápido en su desintegración, lo que permite medir todo ese tiempo cercano que tanto nos interesa: el pasado humano de los últimos 30 000 años.
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